La Universidad de Salamanca ha cerrado hoy una deuda histórica con una de sus mentes más brillantes, otorgándole el doctorado honoris causa a título póstumo. Más que un reconocimiento académico formal, el acto ha sido una reivindicación de la cordura y el humanismo en un mundo que, hoy igual que en el siglo XVI, parece desmoronarse entre conflictos y crisis de identidad.

Resulta fascinante que el considerado padre del Derecho Internacional y pionero de los derechos humanos jamás publicara una sola página en vida. Su madrina de investidura, la filósofa María Martín Gómez, lo definió acertadamente como el “Sócrates hispano”. El legado de Vitoria no se construyó en imprentas, sino en el eco de las aulas. Fueron sus alumnos, con sus cuadernos de apuntes bajo el brazo, quienes exportaron por Europa y América una forma radicalmente nueva de concebir la humanidad.
De esas lecciones dictadas en piedra salieron conceptos que hoy consideramos pilares democráticos indiscutibles, pero que en su época eran auténticas bofetadas al poder establecido: La soberanía popular, la dignidad indígena y el embrión de los derechos globales.
La jornada tuvo tanto de liturgia como de justicia histórica. El regreso del cortejo de más de 200 doctores al Convento de San Esteban para realizar una ofrenda floral en la tumba del dominico no fue un mero desfile; fue la reconstrucción exacta del camino que Vitoria recorría cada mañana desde 1526 para desafiar los dogmas de su tiempo.
El rector de la USAL, Juan Manuel Corchado, resumió el sentir de la institución con una frase que justifica el acto: “Faltaba que esta Universidad dijera, con todas las letras, lo que el corazón sabía desde hace siglos”. Al final, el homenaje es también para esa saga de discípulos (Soto, Cano, Báñez) que mantuvieron viva la llama de la Escuela de Salamanca.
Fray Pablo Carlos Sicouly, quien recogió los atributos de doctor en nombre de la Orden de Predicadores, dejó la respuesta en el aire al citar la reciente encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas.
Las advertencias de Vitoria sobre los límites de la guerra y la empatía natural entre los hombres (“el hombre no es un lobo para el hombre”) cobran un significado alarmante en la actualidad. Frente al auge de la cultura del poder, los nuevos conflictos geopolíticos y los dilemas éticos que plantea la inteligencia artificial, el pensamiento vitoriano no es una pieza de museo. Es, en realidad, una hoja de ruta de asombrosa vigencia para no perder la condición humana en el intento.


